“Al principio me limitaba a comer, royendo y masticando, tan feliz, siguiendo los dictados de mi gusto. Pero pronto empecé a leer, un poco por aquí, otro poco por allí, en los bordes de mis comidas. Y según transcurría el tiempo fui leyendo más y masticando menos, para terminar pasándome prácticamente todas las horas de vigilia leyendo y comiéndome sólo los márgenes. Y, ay, ¡cuánto lamenté entonces aquellos horribles agujeros! De algunos títulos no había más que un ejemplar, y tuve que esperar años para rellenar los huecos. No me enorgullezco de ello.
(…)
Me mudé a un sitito que había acondicionado en el techo de la tienda, a mitad de camino entre el Globo y el Balcón, desde donde podía mantenerme al tanto de todo mientras proseguía con mis estudios nocturnos en el sótano, devorando un libro tras otro, aunque ya no literalmente. Bueno, esto último no es del todo cierto. Instalado como estaba, cada noche, en los misteriosos intersticios que separan la lectura del almuerzo, había descubierto una notable relación, una especie de armonía preestablecida, entre el sabor y la calidad literaria del libro. Para averiguar si algo era digno de leerlo, sólo tenía que mordisquear una parte de la zona impresa. Aprendí a utilizar la anteportada a tal propósito, dejando así el texto intacto. “Lo que bien se come, bien se lee”, pasó a ser mi lema.”
[Sam Savage, Firmin. Barcelona: Seix Barral. Traducció de Ramón Buenaventura.]

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