Edward Gorey, a casa

Edward Gorey, l’admirable autor de macabres delícies com aquell abecedari de nens morts que ja ens vam mirar aquí al seu dia, relaxant-se amb els seus gats a la seva casa de Yarmouthport, Massachussets, l’any 1992. Una imatge que ens serveix per desitjar-vos de tot cor un bon comiat de 2011, un millor ingrés al 2012, i tota la sort del món per a aquests dotze mesos ben intensos que ens esperen. Salut, feina, amistat, i bones lectures!  

Colin Wilson, condemnat

«Ya se sabe que la suerte de un escritor desafía todas las leyes de la razón. El caso de Colin Wilson, sin embargo, es uno de los más asombrosos que conozco. A los veintipocos años, su primer libro lo convirtió en una sensación literaria en Gran Bretaña. Escrito —dice la leyenda— en la biblioteca del Museo Británico mientras su autor pernoctaba en un saco de dormir en Hampstead Heath, The Outsider (1956) era un ensayo sobre la alienación social del artista que provocó furor entre crítica y público y erigió a su autor en abanderado de los Angry Young Men y de la modernidad cultural. El éxito mediático de Wilson se benefició de su rebeldía vocinglera, su condición de autodidacta, su origen humilde —su padre era un zapatero de Leicester— y su carisma innegable de estrella pop. De la noche a la mañana la imagen distintiva del joven Colin se grabó en la conciencia del público igual que la de una estrella de cine: alto y flaco, terriblemente apuesto, jersey de lana de cuello alto, flequillo imposible, gafas de pasta y un aura magnífica de rebeldía y alienación. En palabras de uno de sus estudiosos, Nicolas Tredell: “Combinando el atractivo del intelectual de masas, la personalidad mediática y la estrella pop, Wilson se convirtió rápidamente en uno de los gurús de la cultura británica de la posguerra”. Su éxito, es notorio, duró menos de un año. Y su suerte pasó de un extremo al otro: de Wunderkind a paria total. En 1957, con apenas veinticinco años, Colin Wilson se retiró a una casa de campo en Cornualles huyendo de las críticas vitriólicas, los insultos y las burlas. Jamás conseguiría recuperar su prestigio; tampoco regresaría nunca de su retiro.

Los crímenes que propiciaron la caída en desgracia de Wilson son diversos y dependen de a quién se pregunte. Por un lado, su innegable arrogancia y falta de modestia, el exceso de publicidad, de fiestas literarias, de alcohol y de name-dropping (eso cuentan sus memorias publicadas en 2004, Dreaming to So me Purpose). A eso se le suma su falta de sintonía con las ideas izquierdistas de la época y su admiración por ciertas figuras políticamente incorrectas como Sir Oswald Mosley. También, por supuesto, su tendencia a ser exageradamente prolífico, y por encima de todo, sus ideas extrañas, que ya empezaban a manifestarse por aquella época. Su notoria convicción de que las personas podemos llegar a vivir trescientos años, por ejemplo, viene de esta época, junto con sus afirmaciones de que las culturas de la Antigüedad —incluyendo la Atlántida— habían alcanzado un conocimiento mucho más profundo que el de la ciencia actual. Durante los sesenta fue el perfecto ejemplo de escritor de culto, expulsado del mundo de la literatura seria pero adorado por un pequeño contingente de beatniks y existencialistas desafectados que citaban de memoria sus ensayos y novelas.

En 1971, inesperadamente, tuvo cierto éxito con The Occult, una historia del ocultismo que le abrió la puerta de un público distinto: el de la pseudociencia, los crímenes reales y el ocultismo. Su reacción fue iniciar una producción enloquecidamente prolífica de «tratados» sobre temas como el fenómeno OVNI, la brujería, la Atlántida y los asesinos en serie. Hacia finales de la década, la mera mención de su nombre ya suscitaba sonrisas en el mundo literario; ni siquiera obtenía reseñas negativas, porque ya nadie publicaba ni una línea sobre sus libros. Retirado del mundo con sus obsesiones y sus filosofías, Colin Wilson se convirtió en un escritor subterráneo —“olvidado durante cincuenta años”, como él mismo dice—, objeto de la veneración de una cofradía igualmente subterránea de freaks que coleccionan con fervor sus obras, que ya son unas ciento veinte.»

*

Així comença l’epíleg que Javier Calvo ha escrit per a Ritual en la oscuridad, la novel·la de Colin Wilson que ell mateix ha traduït i que tot just acaba de publicar Libros del Silencio. Podeu llegir l’epíleg complet («Amar al asesino», es diu) aquí mateix

Ronald Firbank, excèntric

«Ronald Firbank (1886-1926) fue hijo de una familia de clase alta británica, aunque de procedencia relativamente humilde, enriquecida gracias al desarrollo de la industria del ferrocarril. La educación que recibió durante su infancia y adolescencia fue, sin duda, de las mejores: natación, golf, equitación, viajes por Inglaterra y el extranjero, colegios privados, tutores… Tras ser distinguido su padre, Thomas Firbank, con el título de caballero en 1902, su destino parecía ser el de la carrera diplomática. Pero Ronald, de carácter refinadamente orgulloso, había decidido dedicarse a la literatura, y no como una manera de ganarse la vida, desde luego, sino más bien de disfrutarla. Ya desde su adolescencia había cultivado la escritura, componiendo relatos, poemas y obras teatrales, influido por sus lecturas más queridas: los escritores franceses del fin de siècle y, naturalmente, Oscar Wilde, además de Maeterlinck y Ernest Dowson. De hecho, es fácil deducir que Firbank eligió pertenecer a un mundo que, ya por aquel entonces, se hallaba en trance de desvanecerse melancólicamente, disipándose como una niebla mañanera, bajo el estruendo naciente de la Era del Jazz: el universo novecentista de los poetas decadentes, los malditos franceses y los estetas británicos del Yellow Book. (…)

Naturalmente, con la comodidad que da el dejarse caer, o deslizarse cuesta abajo, Ronald Firbank encarnó en sí mismo el arquetipo que reflejaba su literatura. Viajó incansablemente por Europa, Oriente próximo, el Norte de África y el Caribe, en busca de nuevas experiencias vitales y literarias con las que nutrirse. En 1908, al igual que el Barón Corvo, con cuya personalidad guarda notables parecidos (aunque ambos, hijos del decadentismo, se decantaron en direcciones literarias opuestas: Corvo, la tradición malditista y el estilo novelístico clásico; Firbank, la frivolidad modernista y el estilo vanguardista), se convierte al catolicismo por obra y arte de monseñor Hugh Benson, siempre dispuesto a decorar a la Santa Madre Iglesia con prestigiosos escritores de dudosa moralidad… a quienes, desde luego, el Vaticano raramente verá con buenos ojos. De hecho, Firbank, rechazado para el Servicio Vaticano e incapaz siquiera de conseguir una entrevista, se sentirá siempre ofendido por la Iglesia y, aunque nunca abandonará su seno, llenará las páginas de sus novelas de sacerdotes mundanos, extrañas monjas, órdenes religiosas imposibles y santas extravagantes. Una vez más, como en el caso de Corvo, caben pocas dudas de que la principal fascinación que el catolicismo ejerció sobre el homosexual Firban fue la estética, acompañada, quizá, de un elemento de redención personal y seguridad en el celibato que, una vez visto el poco interés del Vaticano por su persona, cayó en su justo olvido, convertido, sobre todo, en un elemento decorativo suntuoso e imaginativo, aunque tampoco exento de cierto contenido escatológico y místico. (…)

Siempre frágil de salud, excéntrico y elegante, vestido normalmente de negro, con sombrero Trilby, gustaba también de camisas y corbatas multicolores y espectaculares, que llamaban inevitablemente la atención de propios y extraños. Consumidor habitual de alcohol, degustador de la belleza de color, que teñirá varias de sus novelas de cierto aire antirracista muy moderno, descrito por Hoyos y Vinent como …alto, delgado y un poco presuntuoso, aunque con chic, un tanto afectadillo, Firbank pudo disfrutar de su corta vida sin demasiados problemas económicos, gracias a la herencia paterna, aunque con momentos no carentes de la amargura que rodea toda existencia humana, especialmente si se trata de la de un artista singular, siempre embarcado en una perpetua e inútil fuga hacia delante. Sus hermanos murieron todos antes que él, y el fallecimiento de su madre en 1924, quien, como no podía ser de otra forma, fuera su auténtico espíritu protector, marcaría el inicio de sus horas más bajas, deteriorándose su salud con rapidez, hasta llegarle la muerte apenas dos años más tarde.»

*  *  *

[Fragments de la introducció de Jesús Palacios a Valmouth, una breu i exquisida novel·la de Ronald Firbank que trobareu editada a Valdemar, dins la seva no menys exquisida col·lecció Planeta Maldito, amb traducció de Javier Candeira. Firbank, com els citats Barón Corvo, Hugh Benson i Ernest Dowson, o com un altre habitual a casa nostra, el grandíssim Arthur Machen, és un d'aquells escriptors estranys, originals i deliciosament excèntrics que honoren les lletres angleses de finals del segle XIX i principis del XX, i que val la pena recuperar de tant en tant. Un altre llibre seu, titulat precisament En torno a las excentricidades del cardenal Pirelli, va aparéixer ja fa anys a Anagrama amb traducció de Sergio Pitol. Dues novel·les molt peculiars, en el millor sentit de la paraula.] 

Manuel Mujica Láinez, al paradís

Poc més d’un quart de segle després de la seva mort, l’argentí Manuel Mujica Láinez sembla condemnat ja per sempre a exemplificar, dins les lletres en llengua espanyola, la imatge definitiva d’allò que se’n diu «un escriptor menor». El qualificatiu, aquí, no té en principi una intenció pejorativa, i implica un judici no tant de valor o d’eficàcia literària com, per dir-ho d’alguna manera, d’aspiracions inicials. Tradicionalment, un escriptor menor és aquell que no posa en joc grans ambicions a l’hora d’escriure, que rarament es planteja nous reptes artístics o intel·lectuals, que evita o passa de puntetes pels grans temes filosòfics, polítics i socials del seu moment, que sovint afronta la literatura amb un orgullós esperit lúdic i diletant (que diria el nostre Perucho) i que tendeix de forma natural a la repetició de vells models contrastats en la seva elecció d’assumptes, d’estils i de recursos. El resultat, no cal dir-ho, pot arribar a ser d’allò més gaudible. De fet, molts dels escriptors que nosaltres més ens estimem pertanyen a aquesta digníssima família dels escriptors menors, que la crítica acostuma a desatendre però que els lectors no deixem caure en l’oblit. Poseu vosaltres mateixos els exemples que més us agradin.

Al llarg del tot el segle XX, i especialment durant les seves dècades centrals, Buenos Aires va ser l’escenari de la convivència de diverses generacions d’escriptors que compartien, si més no, un parell de trets característics: la brillantor excepcional de les seves primeres figures, i l’originalitat sovint estrafolària d’alguns dels personatges secundaris que pul·lulaven al seu voltant. En un mateix espai físic, en un mateix temps aproximat, trobem a Roberto Arlt i a Macedonio Fernández, a Julio Cortázar i a Xul Solar,  a Ernesto Sabato i a Oliverio Girondo, a Borges, a Bioy i a Estela Canto, a Manuel Puig i a Norah Lange, a Silvina Ocampo i a Wally Zenner, a Alejandra Pizarnik i a Leopoldo Marechal. Alguns d’ells van assolir fama i prestigi internacionals i són, encara avui dia, noms principals de les lletres modernes; d’altres van gaudir en vida d’una modesta celebritat d’àmbit local i s’han convertit ja en una nota a peu de pàgina de la història de la literatura argentina, quan no en una col·lecció d’anècdotes i de maldats explicades per d’altres autors amb més fortuna; i uns pocs van fer un viatge d’anada i tornada entre el primer grup i el segon.

Un exemple principal d’aquesta estirp d’escriptors que van arribar a assolir un cert prestigi internacional i que després el van perdre (o, si més no, el van veure seriosament reduït i matitzat) és Manuel Mujica Láinez. Als anys 60, ell era un dels integrants més visibles de la primera fornada d’allò que se’n va dir el «Boom» de la novel·la hispanoamericana. La seva Bomarzo, publicada gairebé al mateix temps que la Rayuela de Cortázar i traduïda, com aquesta, a un bon grapat d’idiomes, li va guanyar una posició de privilegi en tot aquell periode expansiu de la literatura en llengua espanyola feta a l’altra banda de l’Atlàntic. Bomarzo era, en tots els sentits, una gran novel·la històrica, un fris extraordinari de la Itàlia del Renaixement ple d’aventura, de sensualitat i de gust per l’art i la bellesa; i també era un punt i apart molt notable dins l’obra del seu autor, que fins llavors s’havia dedicat a escriure novel·les i llibres de relats que s’ocupaven principalment de la història i la bona societat de Buenos Aires.

Mujica Láinez (de qui Borges deia que era «un hombre mal acentuado») formava part d’una vella família hereva d’un dels fundadors de la capital argentina, i pertanyia, per sang i per butxaca, a l’aristocràcia de la ciutat. Ric, aventurer i bon vivant, col·leccionista compulsiu d’objectes, admirador entusiàstic de l’art i dels jovenets i tafaner fins a límits insospitats, la seva literatura pre-Bomarzo reflectia a la perfecció la seva personalitat. Llibres com Misteriosa Buenos Aires, La casa, Invitados en El Paraíso o Aquí vivieron comparteixen com a trets característics un mateix gust per l’excés i per la decoració, l’esnobisme orgullosament conreat, la fascinació per la cultura i per la història, l’ús alegre de tota mena de draps bruts propis i aliens i, també, una tendència natural al barroquisme com a forma d’expressió. Dins d’aquest paisatge, Bomarzo obria una nova porta i suposava una ampliació d’horitzons; però només relativament. Les millors característiques d’aquesta novel·la, les que van enlluernar els lectors del seu temps, són en el fons les mateixes que ja trobem en els llibres esmentats, i són també les que trobarem en tots els llibres que haurien d’arribar en anys següents: novel·les i llibres de relats com El unicornio, El laberinto, El viaje de los siete demonios, El gran teatro, El escarabajo o Un novelista en el museo del Prado. Ficcions de caire internacional, molt aparents i un puntet exhibicionistes, on la Història (o les històries de la Història, millor dit) es l’excusa per posar a treballar una imaginació fascinada per la superfície més lluent de les coses, per les formes i els colors del món, pel gran teatre de la vida humana.

La reiteració fidel de Manucho (com li deien els amics) en aquesta fórmula seva, que algú ha qualificat no gaire amablement de «novel·la històrica decorativa», va acabar sent la responsable de la seva caiguda del pedestal que encara avui continuen ocupant molts dels seus companys del Boom i alguns conveïns de la vella Buenos Aires. El propi personatge aristocràtic i desdenyós que ell mateix va conrear amb entusiasme al llarg de tota la seva vida, va acabar jugant en contra de la credibilitat d’un escriptor dotadíssim però, tal com deiem al principi, literàriament poc ambiciós. Si teniu a mà el vídeo de la seva intervenció televisiva al programa A fondo, amb Joaquín Soler Serrano, veureu un home que juga a semblar molt més interessat en els seus objectes de col·lecció que en la literatura; un home que vol fer-nos creure que la gran obra de la seva vida no són els llibres que ha escrit, sinó “El Paraíso”, la gran casa-museu que s’ha muntat a la província argentina de Córdoba; un home que entén (o que fingeix entendre) la literatura com un altre enriquiment de la vida, com un joc no gaire seriós, potser fins i tot com un luxe de senyors amb talent i cultura.  

Tot i així, l’obra de Manuel Mujica Láinez no mereix caure en l’oblit. Bomarzo continua sent avui dia una novel·la molt, molt recomanable, i el mateix pot dir-se de Los ídolos, el meu llibre preferit d’entre els seus, una mena de quest literària centrada en la figura de l’estrany (i fictici) poeta modernista Lucio Sansilvestre. Aquesta novel·la, anterior a l’èxit internacional del seu autor i més continguda, molt menys espectacular que els seus llibres més famosos, ens deixa entreveure el camí que Mujica Láinez podria haver seguit i no va seguir. El nostre amic Borges, que menyspreuava cordialment a Manucho i era al·lèrgic per temperament a la seva manera de viure, d’escriure i de pensar, admirava en canvi Los ídolos, fins el punt de incloure-la en la col·lecció de llibres que va editar cap al final de la seva vida. Si li doneu una oportunitat, jo crec que us sorprendrà.   

Jeremy Brett, estimant-se

 

Quan vaig llegir la notícia (ja comentada aquí fa unes setmanes) de la mort d’Edward Hardwicke, l’actor que feia de doctor Watson a la sèrie de televisió protagonitzada per Jeremy Brett, vaig anar corrent a buscar un parell de llibres que voltaven feia anys per casa. Els vaig comprar un estiu a la desapareguda llibreria Murder One de Londres, aquell entranyable raconet criminal de Charing Cross Road del qual ja us he parlat també aquí alguna vegada. (Després de quatre anys i mig escrivint aquest bloc sospito, ai, que ja he parlat aquí de tot, i més d’una vegada.) Els dos llibres parlen justament d’aquella mítica sèrie de televisió, però s’ocupen sobretot del seu protagonista. Un d’ells, potser el menys interessant, es diu Study in Celluloid, i el va escriure Michael Cox, creador i productor de les primeres temporades de la sèrie i responsable últim de que Jeremy Brett es convertís per sempre en el cos, el rostre i les maneres de Sherlock Holmes. El llibre fa la història de la sèrie des de la seva gestació als despatxos de la productora Granada TV fins a l’emisió del seu capítol final, que Jeremy Brett, ingressat llavors a un hospital psiquiàtric per culpa del seu transtorn bipolar, ja no va poder veure. Si sou uns friquis de la sèrie, és una lectura d’allò més agraïda; si no és el cas, aquest Study in Celluloid potser se us acabarà fent una mica repetitiu, amb el seu seguiment detallat de la filmació de cada capítol i el veredicte (no sempre amable) sobre els seus resultats.

El segon llibre es diu Bending the Willow. Jeremy Brett as Sherlock Holmes, i el signa David Stuart Davies, un prolífic escriptor i antòleg de novel·les de misteri que també és, segons l’opinió general, el més gran especialista viu en la història de les adaptacions a la petita i a la gran pantalla de les històries de Sir Arthur Conan Doyle. El seu objecte d’estudi és exactament el mateix que el de Michael Cox, però la diferencia entre tots dos llibres rau en l’enfocament del tema que en fa l’autor. David Stuart Davies analitza les interpretacions holmesianes de Jeremy Brett relacionant-les amb la seva personalitat, de natural excessiva i un puntet histriònica, i també amb la seva tempestuosa vida interior, marcada per un transtorn bipolar que va romandre latent durant bona part de la seva vida i que es va declarar finalment a mitjans dels anys 80, coincidint amb la mort de la seva segona esposa. A partir d’aquest moment, que va coincidir amb l’inici de la segona temporada de la sèrie, la vida de Jeremy Brett va estar marcada per una successió interminable d’altibaixos emocionals, d’internaments psiquiàtrics cada cop més dolorosos i d’uns canvis de medicació que van anar deixant la seva emprenta indissimulable en l’aparença física de l’actor. El Jeremy Brett de les dues darreres temporades de la sèrie és un home gras i prematurament envellit que es mou a càmara lenta pels escenaris d’aquell Londres victorià que només uns anys enrere recorria de forma electritzant, gairebé espasmòdica, i fins i tot ha perdut ja l’alè necessari per pronunciar de forma adecuada els discursos del nostre estimat detectiu.

Segons avança el llibre, el drama personal de Jeremy Brett ens va posant un nus a l’estómac que no és dissol fins a les darreres pàgines, quan David Stuart Davies té el bon gust d’acabar reproduint algunes de les històries que els amics i companys de Jeremy Brett van explicar durant el seu funeral. I una d’aquestes històries és justament la que justifica aquesta postal d’avui.

L’anècdota l’explica David Burke, l’actor que va fer el paper de doctor Watson a la primera temporada de la sèrie. La tradueixo tal qual:

Una vegada, en Jeremy em va dir: «L’altre dia em sentia tan enfosat que em vaig enviar a mi mateix una carta d’admirador.» «Ho dius de veritat? I què et vas escriure?» «Em vaig escriure: “Estimat Jeremy: només vull dir-te que ets un actor absolutament meravellós. El teu Sherlock Holmes enfosqueix completament la feina de tots els actors que han interpretat abans el personatge. Basil Rathbone no mereix ni netejar-te les sabates; i Douglas Wilmer i Robert Stephens t’haurien de suplicar que els donessis classes d’interpretació. I a més, tu ets molt més ben plantat que ells. Només hi ha una paraula per descriure la teva feina: màgia. Sisplau, envíam una fotografia teva signada. Sempre teu, XX. P. S.: He sentit a dir que, a sobre d’un actor genial, ets una persona molt maca.”» «De veritat que vas escriure això? I t’ho vas enviar per correu?» «I tant. Li vaig posar un segell de primera classe. Volia que m’arribés el més aviat possible. Va arribar al matí següent.» «I la vas llegir?» «Es clar que la vaig llegir. La vaig llegir una dotzena de vegades. I en acabar em vaig sentir fantàsticament bé.» «I la foto signada també te la vas enviar?» «Potser estic boig, David, però no tant… A més, el molt rata ni tan sols m’havia enviat un sobre franquejat!»

No sé a vosaltres, però a mi m’agrada aquesta història. És una estratègia que potser tots hauriem de provar alguna vegada, en els nostres dies baixos: escriure’ns cartes dient-nos com som de bons i de guapos. De fet, jo ja he començat a escriure l’esborrany de la meva. Serà un correu electrònic, això sí, i crec que no em demanaré una foto signada. Però em diré coses molt maques.

Les restes d’un naufragi d’oblits

Els llibres, mai no ens cansarem aquí de repetir-ho, sovint troben unes formes realment complexes de comunicar-se entre ells. Obres un llibre d’assaigs de Martin Amis i aquest et porta a una novel·la de Nabokov, que et porta a una biografia de Sigmund Freud, que et porta a un llibre de memòries d’Stefan Zweig, que et porta a un poemari de Rilke, que et porta novament (via dues notes al peu ben esotèriques) al vell doctor austríac i al seu fidel odiador rus-americà. O comences llegint una biografia de Lev Tolstoi i acabes penjant al teu bloc, quinze dies i quatre llibres més tard, un petit poema d’Ernest Dowson que encara et balla pel cap. O com en aquest cas, que et poses a fullejar una antologia d’escriptors Mutantes al mejador de casa d’un amic i a la setmana et trobes buscant fotos a la xarxa d’un poeta mexicà de qui res no sabies.

El poeta es diu Xavier Villaurrutia. Va néixer l’any 1903 al Districte Federal, i allà mateix va morir el dia de Nadal de 1950. El darrer llibre de la cadena que em va portar fins a ell és Qui vam ser, de Lolita Bosch; un llibre petit, estrany i molt recomanable que assaja la reconstrucció d’un amor llarg i intermitent, ja tancat, a través de les restes que en queden a una de les dues parts implicades: objectes, records, fotografies i, també, poemes i textos aliens. A la pàgina 11 del seu llibre, Lolita Bosch copia un poema de Villaurrutia que es diu «Nocturno», i que fa així:

Al fin llegó la noche con sus largos silencios,
con las húmedas sombras que todo lo amortiguan.
El más ligero ruido crece de pronto y, luego,
muere sin agonía.

El oído se aguza para ensartar un eco
lejano, o el rumor de unas voces que dejan,
al pasar, una huella de vocales perdidas.

¡Al fin llegó la noche tendiendo cenicientas
alfombras, apagando luces, ventanas últimas!
 
Porque el silencio alarga lentas manos de sombra.
La sombra es silenciosa, tanto que no sabemos
dónde empieza o acaba, ni si empieza o acaba.
 
Y es inútil que encienda a mi lado una lámpara:
la luz hace más honda la mina del silencio
y por ella desciendo, inmóvil, de mí mismo.
 
Al fin llegó la noche a despertar palabras
ajenas, desusadas, propias, desvanecidas:
tinieblas, corazón, misterio, plenilunio…

 
¡Al fin llegó la noche, la soledad, la espera!
 
Porque la noche es siempre el mar de un sueño antiguo,
de un sueño hueco y frío en el que ya no queda
del mar sino los restos de un naufragio del olvidos.
 
Porque la noche arrastra en su baja marea
memorias angustiosas, temores congelados,
la sed de algo que, trémulos, apuramos un día,
y la amargura de lo que ya no recordamos.
 
¡Al fin llegó la noche a inundar mis oídos
con una silenciosa marea inesperada,
a poner en mis ojos unos párpados muertos,
a dejar en mis manos un mensaje vacío!
 
M’agrada aquest poema. M’agrada, i em fa pensar en quanta bona literatura no arribarem mai a conèixer si no és gràcies a l’atzar d’aquesta conversa contínua, màgica i secreta que els llibres mantenen entre ells. Inevitablement, tanco Qui vam ser i busco un altre llibre de Lolita Bosch, l’antologia Hecho en México. A la seva pàgina 211 hi trobo una secció dedicada a Xavier Villaurrutia: un poema («Nocturno rosa») introduït per quatre pàgines on Lolita Bosch resumeix la vida del poeta, parla d’alguns dels seus companys de lletres i acaba citant Octavio Paz. I com que tot té a veure amb tot en aquest món dels llibres, ara aquesta cita (extreta de la semblança que Paz va escriure sobre Villaurrutia) ens servirà per il·lustrar la nostra postal d’avui. Que és aquesta:  
 
 
«No pretendía ser humilde ni inclinaba la cabeza: la erguía y la movía de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, entre curioso y desdeñoso. Un pájaro que reconoce sus terrenos y define sus límites. Como Novo era elegante pero, a diferencia de sus amigos, buscaba la discreción. Vestía trajes grises y azules de tonos oscuros. Al caminar, con la mirada en alto, taconeaba con fuerza. Usaba camisas blancas, inmaculadas y que —demasiado amplias— acentuaban la delgadez de su cuello. Piel mate, labios delgados, nariz de ventanas anchas, una fisonomía que habría sido más bien común de no ser por la humedad de los ojos —grandes y pardos bajo las cejas estrictas— y la amplitud de la noble frente. El pelo era negro y levemente ondulado.»      
 
Ja ho veieu: la conversa dels llibres.
 

Una foto estranya

La biografia de Walter Reuter és un exemple perfecte de com, de vegades, el corrent de la història baixa amb tanta força que els homes no poden fer altra cosa que deixar-se endur per ell i provar de mantenir, amb una mica de sort, el cap per sobre de l’aigua. Reuter va néixer a Berlín l’any 1906, i a començaments de la dècada dels 30 ja va haver de fugir del seu país després de publicar un seguit de fotografies que documentaven unes manifestacions populars en contra del Partit Nacional Socialista de Hitler. Va arribar a Espanya l’any 1933, en plena República, i durant els sis anys següents la seva càmara va ser testimoni d’allò que tots sabem. Compromés amb la causa antifeixista, Reuter va anar seguint al govern republicà de Madrid a València i de València a Barcelona, retratant amb especial dedicació i encert la retaguarda de la guerra: els nens, els refugiats, les ciutats aterrides davant la imminència dels combats i els bombardejos. El seu gran tema, tan actual avui com el 1937, fou el patiment de les víctimes passives de la guerra, que ell va conéixer de primera mà i per partida doble: en acabar la nostra Guerra Civil, va creuar els Pirineus i es va trobar, ben aviat, retratant els horrors de la Segona Guerra Mundial i lluitant ara contra la bogeria feixista emanada del seu propi país. Va sobreviure al foc creuat i als camps de concentració, va seguir fent fotografies i, quan tot plegat va acabar, va creuar l’Atlàntic i es va establir a Mèxic. Allà va morir més de mig segle més tard, el 20 de març de 2005, gairebé centenari i amb una obra acomplida que abarca més de cent vint mil imatges.

La nostra postal d’avui és una d’aquestas imatges. Va ser presa l’any 1937, en plena guerra espanyola, uns dies abans del famós Congrés d’Escriptors Antifeixistes que es va celebrar aquell estiu a València. Un dels tres homes, el de la dreta, és el poeta i editor Manuel Altolaguirre, prou conegut avui dia per haver donat sortida, des de mitjans de la dècada dels 20, a molta de la poesia primerenca dels seus companys de generació; un altre, el del mig, és el poeta més llegit i respectat d’aquella generació, dita del 27. (Aquest poeta, Luis Cernuda, compartirà amb Reuter l’atzar o el destí de morir exiliat a Mèxic, però ell ni s’aproparà als cent anys de vida.) És una foto famosa, o si més no força reproduïda; però també és una foto estranya. Andrés Trapiello, en un article molt recomanable, escriu això d’ella:

En cierto modo se diría que los seis personajes de esa fotografía estuvieran, cogidos de la cintura, bailando una polca. Es probable también que les haya arrastrado a la playa quien mejor y más asiduamente la frecuentaba. No, no hay ninguna preocupación en ninguno de ellos. Ni siquiera en el fotógrafo que registró la instantánea, a quien esa alegría tuvo necesariamente que contagiar. Desde luego no le vemos la cara, porque el fotógrafo es siempre alguien que ve en silencio. (…) Que salió del laboratorio y del alcance de Walter Reuter no ofrece dudas porque quienes la incautaron lo hicieron en algún centro de propaganda o redacción de periódico republicanos. ¿Se publicó entonces? Es difícil saberlo, pero probablemente no. Pues lo que caracteriza a esta fotografía es… su inconveniencia. Es cualquier cosa menos una fotografía de guerra, está expresado en ella todo menos aquellos sentimientos que parecen ser propios de una situación de miedo, angustia, muerte e incertidumbre o aquellos otros que la propaganda difundía a todas horas de sacrificio, de solidaridad, de coraje. ¿Qué habrían pensado los milicianos, obreros y campesinos, que en el frente recibieran el periódico con esa foto publicada, al ver a sus intelectuales y artistas de ese modo? ¿No dirían acaso: «¿Para eso estamos haciendo esta guerra?». Y así creeríamos que recae sobre ella una indisoluble culpa: la de representar la felicidad en el tiempo en el que otros muchos, jóvenes, saludables, hermosos, felices y fotogénicos murieron. Por eso podríamos hablar de una fotografía… inconveniente, y, por tanto, impertinente. Lo extraño es, incluso, que la foto no la hubieran publicado inmediatamente después de la guerra los servicios de propaganda fascistas con fines igualmente propagandísticos y mendaces, para desprestigiar una causa republicana que esperaba ganar la guerra con sus intelectuales (homosexuales «además» algunos de ellos) tomando el sol; aunque si los servicios de propaganda franquista no lo hicieron fue, suponemos, porque ninguno de los que en la foto aparecen era lo bastante famoso entonces como para ser reconocido por nadie ni mucho menos para servir a la propaganda de masas. De hecho la foto solo ha podido alcanzar su significado pleno ahora, pasados los años, cuando ya sabemos muchas cosas de todos ellos y de aquella guerra.

Es fa estrany veure tan feliç a Luis Cernuda, un home famós ja en vida (i més encara en la llegenda) pel seu tarannà trist i retret, per la seva soledat essencial i pel general desencís de les coses humanes que va afligir-lo des de molt jove. Aquesta no és l’única foto que es conserva d’ell a la platja, i tampoc és l’única en la se’l veu somrient; però sí és, amb tota seguretat, l’única en la que apareix així de sociable, així de feliç i relaxat, així d’oblidat o desentés d’ell mateix, de les seves afliccions i del pes del món que l’envolta. I això a l’estiu de 1937, a València, el centre de la resistència d’un país desagnat després d’un any sencer de guerra.

És una foto estranya. És un moment estrany. I ara penso que Andrés Trapiello potser és una mica injust en la seva lectura de la imatge. Perquè això que tenim al davant —aquests somriures, aquests vestits de bany, aquest posat general de festa— potser només són tres homes, tres dones i un fotògraf defensant, ni que sigui per un instant, el seu dret a la felicitat enmig d’un corrent que és a punt d’arrosegar-los per sempre.

Yukio Mishima, temible

El de Yukio Mishima és un dels casos més famosos, i també més tristos en certa manera, d’escriptor devorat pel seu propi personatge. Més encara que el de Truman Capote, de qui parlàvem la setmana passada, el nom del novel·lista japonés ens porta automàticament al cap imatges i idees que no tenen gaire relació amb la literatura, i sí amb l’anecdotari més truculent. El seu suïcidi espectacular hi va tenir molt a veure, no cal dir-ho, però la teatralitat, l’exhibicionisme i el gust per la provocació van ser una constant de la vida pública de Mishima ja des de la publicació de la seva primera novel·la, Confesiones de una máscara, un llibre de caire autobiogràfic que descrivia amb tot luxe de detall els seus anys d’adolescència i el descobriment de la seva homosexualitat. Les constants intervencions públiques de l’escriptor, els seus treballs ocasionals com a actor de cinema i teatre i, per sobre de tot, la seva afició a fer de model en fotografies artístiques com la que il·lustra la nostra postal d’avui, amb especial predilecció per les imatges ultraviolentes que representaven la seva pròpia mort, donen la mesura del caràcter narcissista/exhibicionista de Mishima, però també del seu tarannà inquiet i contradictori i de la seva capacitat per vendre una certa idea d’ell mateix.

El 25 de novembre de 1970, Yukio Mishima va prendre a l’assalt un cuartell militar amb l’ajut d’un grup de joves nacionalistes fanàtics, va segrestar a diversos comandaments i, després de pronunciar davant els soldats el seu darrer discurs, va fer-se públicament l’harakiri com a mesura de protesta davant allò que ell considerava la pèrdua de valors i l’occidentalització del Japò del seu temps. La seva mort volia ser ritual i alliçonadora i va acabar resultant grotesca, humiliant i gairebé ridícula: els soldats als quals es dirigia van rebre les seves paraules amb xiulets i escridassades, les càmeres de televisió que havien de donar testimoni de l’acte van arribar massa tard, el company que havia de decapitar-lo per tal d’acomplir el seu ritual suïcida va errar el cop fins a tres vegades… Però, per sobre de tot, aquest espectacle final va modificar irreparablement la recepció d’una obra literària sovint admirable.

Tot i no ser, potser, tan poètica i intensa com la del seu mestre Yasunari Kawabata, a qui sempre va venerar i a l’hora envejar de forma força malaltissa, l’escriptura de Mishima també està plena de sensualitat i de moments inoblidables. Confesiones de una máscara és la millor porta d’accés a la seva obra, però el seu llibre central és segurament El pabellón de oro, la història real d’un noi que se sent tan fascinat per la bellesa d’un temple shintoista que acaba calant-li foc per tal de lliurar-se de la seva obsessió; totes dues novel·les són, al meu parer (o si més no en el meu record), molt recomanables. El mariner que va perdre la gràcia del mar, La remor de les onades, Música o l’ambiciosa pentalogia El mar de la fertilidad són altres llibres que val la pena recuperar, com també els relats de La perla y otros cuentos i els assaigs recollits al volum Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis.

(Aquesta vegada, el comentari de la postal el deixo al vostre gust. Per molt que hi penso, a mi no se m’acut cap forma mínimament adequada de descriure l’expressió que té Mishima a la mirada en aquesta foto.) 

Truman Capote, victoriós

L’any 1948, Truman Capote era un jove escriptor del sud dels Estats Units que lluitava per fer-se un lloc dins l’inaccessible ambient literari de la ciutat de Nova York. Tenia vint-i-quatre anys, però n’aparentava uns disset. Era un nano ros, baixet i hiperactiu, i tenia una veu tan aguda que quan entrava en una habitació, tothom se n’adonava a l’instant. Havia començat a publicar els seus primers relats cinc anys enrere, i el seu nom ja era una presència habitual dins les pàgines de la prestigiosa revista New Yorker. Tant en persona com per escrit, Truman Capote no era un jove que passés desapercebut. Així doncs, quan va arribar el moment de publicar el seu primer llibre, la novel·la Altres veus, altres àmbits, tothom a Nova York tenia força clar que el petit Truman, el noi de l’accent sureny i la verbositat incontenible, estava destinat a consolidar-se com un dels joves escriptors més talentosos dels Estats Units.

Les coses, però, no van anar exactament així. Més enllà del merescut reconeixement pels seus valors literaris, que són molts i encara avui sorprenen tractant-se d’un autor tan jove, el que aquesta novel·la va deparar-li a Capote fou una veritable metamorfosi. Una metamorfosi que ell mateix s’havia buscat, i que en el fons del seu cor potser desitjava, però que va acabar fent-li més mal que bé: d’escriptor, aquest llibre va passar a convertir-lo en personatge. I tot degut a la fotografia que il·lustrava la seva contraportada: una imatge, aquesta que il·lustra la nostra postal d’avui, que presentava a un jove d’aspecte gairebé adolescent, estirat en un sofà i mirant a càmara amb una expressió que a l’època molts van considerar indecent, si no directament pornogràfica. Com explica Gerald Clark a la seva imprescindible biografia de l’autor, aquesta fotografia i la polèmica que se’n va derivan van atorgar-li al jove Truman un renom no només literari, sinó també (i sobretot) social. Capote s’havia convertit en allò que sempre havia somniat: lluny de la seva Nova Orleans natal, lluny dels poblets d’Alabama on va passar la seva infantesa, lluny de la seva família desestructurada i d’un entorn que s’havia mostrat invariablement hostil envers el nen solitari, somniador i efeminat que sempre va ser, ara ell era per fi l’objecte de totes les mirades al centre del gran món.

El «personatge Capote» s’havia establert ja per sempre. La seva oberta homosexualitat, la seva frivolitat desenfadada, el seu interés per la vida social, pels secrets i les tafaneries, els seus viatges continus per l’estranger i les seves llargues estades a la costa mediterrània, els seus amors tempestuosos i els seus primers problemes amb les drogues i l’alcohol… tot servia per donar color a la imatge d’un escriptor que, durant aquests anys, va publicar el volum de relats Un árbol de noche, la novel·la L’arpa d’herba, el volum miscel·lani Los perros ladran i la novel·la curta Esmorzar al Tiffany’s: quatre llibres que encara avui dia mantenen intacte tot el seu poder de seducció.

Després, el 16 de novembre de 1959, Capote va llegir al New York Times un article que canviaria per complet la seva vida. Es tractava del relat de la mort encara inexplicada de la família Clutter, assassinats sense motiu aparent a la seva casa de Holcomb, Kansas. La història és famosa, i constitueix la part més interessant (o, si més no, la més explotada pel cinema i la literatura) de la vida de Capote: els sis anys que l’autor va passar-se investigant de forma obsessiva l’assassinat dels Clutter per tal d’escriure la seva «novel·la documental» A sang freda, i com per dur a terme aquesta investigació va implicar-se emocionalment en l’assumpte fins a un punt del qual mai no va poder recuperar-se. La novel·la es va publicar l’any 1966, i va convertir novament a Capote en l’home de moda de les lletres nord-americanes. A més de centenars de milers de lectors arreu del món, l’èxit d’A sang freda va proporcionar-li al nostre escriptor diners, festes multitudinàries i allò que ell sempre havia desitjat: l’atenció permanent de la bona societat. Però també va ser el principi del final de la seva carrera com a escriptor.

Entre 1966 i 1980, any en que es va editar l’encara magnífic recull Música per camaleons, Capote només va publicar algun que altre conte aïllat. Segons deia en cada entrevista que concedia, tota la seva atenció estava posada en una novel·la en marxa que seria l’equivalent, per als Estats Units de la segona meitat del segle XX, del que l’obra magna de Proust havia significat per a la França de principis de segle: un estudi descarnat de la vida de les classes altes. La publicació d’un parell de fragments d’aquesta novel·la, que duia per títol Pregàries ateses, va aconseguir el que abans no havia fet el seu ràpid deteriorament físic i mental, efecte de l’abús continu d’alcohol i drogues: Capote va ser expulsat de forma instantània d’aquell gran món al qual havia ingressat quan era tan sols un jovenet ple de talent i d’exotisme. Al pròleg de Música per camaleons, Capote fa referència a aquesta expulsió, producte de la fúria d’un grup de gent, els rics i famosos de Nova York, que van sentir-se traïcionats per l’escriptor en veure els seus draps bruts convertits en literatura, però mostra la seva voluntat de seguir treballant en Pregàries ateses, l’obra dels seus darrers quinze anys de vida; una novel·la que, segons les seves contínues declaracions, devia d’haver assolit ja unes proporcions gairebé enciclopèdiques.

Consumit pels seus propis excesos, Truman Capote va morir l’any 1984. No havia complit encara els seixanta, però n’aparentava uns quants més. Entre els seus papers, tot el que es va trobar de la monumental Pregàries ateses van ser uns quants capítols fragmentaris que, publicats en forma de volum al cap d’uns anys, no arribaven a sumar dues-centes pàgines. Un final perfectament literari per a un escriptor-personatge com ell: la gran obra dels seus darrers anys, el llibre del qual havia estat parlant gairebé dues dècades (i pel qual havia cobrat quantioses sumes de diners dels seus editors en concepte de bestreta dels seus drets d’autor) era poc més que una pantalla rere la qual ocultar el seu veritable drama: la seva mort com a escriptor. El títol d’aquesta «novel·la fantasma» provenia d’una supossada cita de Teresa de Jesús, en realitat apòcrifa i molt probablement inventada per Capote: «Se derraman más lágrimas por plegarias atendidas que por las no atendidas». La frase, no cal dir-ho, podria funcionar perfectament com a epitafi del propi escriptor.

A. J. A. Symons, distret

«Para quienes no sepan nada de A. J. A Symons salvo lo que lean en este libro, diré que escribió En busca del barón Corvo a los treinta y tres años y que falleció cuando tenía cuarenta y uno; que fue un dandy, un gourmet, un bibliófilo y uno de los fundadores de la Wine and Food Society, así como del First Edition Club; que era un gran coleccionista de objetos victorianos; que se pasó la vida caminando sobre una cuerda floja en cuestiones de dinero, cuerda que inexplicablemente soportó su peso hasta el final; que, siendo modesto su origen (al que él añadía detalles románticos cuando hacía falta), a los veintiún años expresó la intención de edificar su vida “del mismo modo que el arquitecto traza los planos de una casa”. Los objetivos de su vida consistían en ganarse una posición social y fama literaria y cada uno de sus pasos debía darlos con el mismo cuidado con que un campeón de ajedrez juega una partida con otro maestro del juego. Semejante deseo de planificarlo todo se manifestaba incluso en las cosas sin importancia. Así, se deshizo del nombre de pila que le habían impuesto, “Alphonse”, ya que le resultaba algo ridículo y adoptó las iniciales de Raffles, “A. J.”, por las cuales se le conocía.

Que A. J. no llevase a cabo su intención dice mucho a su favor. Continuamente abandonaba sus proyectos seducido por los placeres del vino y de la mesa, de los libros y las cajitas de música, así como por el placer aún mayor que representaba el convertirse en un experto en todas estas cosas. Teóricamente, dichos placeres eran simples elementos accesorios en su búsqueda de fama y posición, pero rápidamente se convirtieron en metas por derecho propio que le brindaban la satisfacción de descubrir una nueva cajita musical o un vino de una cosecha que desconocía. Estas tentaciones que constantemente surgían a su paso y le impedían realizar sus propósitos tuvieron, sin embargo, un resultado menos feliz, ya que impusieron limitaciones sobre su obra escrita. Tenía pensado escribir la biografía definitiva de Oscar Wilde, planeaba escribir la vida de un aventurero llamado Charles Stokes, la historia de la familia Tennant y otra sobre Burton y Speke. En realidad, llegó a escribir parte de todos esos libros, pero la atracción del vino y la comida, de los objetos victorianos y las cenas, así como de los fines de semana en el campo (y la constante necesidad de hacer dinero para pagar estas cosas) era demasiado fuerte. En busca del barón Corvo fue la última obra completa que salió de la pluma de su autor.»

*

Així parlava el novel·lista Julian Symons, ben conegut dels amics del gènere negre, del seu germà A. J. A. Symons. El fragment prové de la introducció que en Julian va escriure l’any 1966 per a The Quest for Corvo, i que apareix reproduïda en l’edició espanyola del llibre que Seix Barral va editar l’any 1982. (No sé si la nova edició de Libros del Asteroide manté aquesta introducció; ara no la tinc a mà, però penso que l’ha substituïda per una altra de Juan Manuel Bonet.) En busca del barón Corvo és un dels llibres de capçalera d’aquest bloc, un d’aquells llibres que llegim i rellegim i que mai no ens deceven. Ja en vam parlar degudament aquí fa un parell d’anys, però us el torno a recomanar ara de tot cor: no conec gaires llibres que es gaudeixin tant com aquesta estranya biografia (una biografia detectivesca, en diriem) dedicada a un personatge més estrany encara. 

«Per una banda», resumiem llavors l’assumpte del llibre, «és la història de Frederick Rolfe, un escriptor amb talent però sense sort que va néixer a Londres l’any 1860, va voler ser sacerdot i no ho va aconseguir, va publicar llibres que ningú volia llegir, va malviure sablejant els amics, els coneguts i els saludats, va inventar-se un passat de glòria i un present de triomf i va acabar autoexil·liat a Venècia, perseguint noiets italians i escrivint històries pornogràfiques que tampoc ningú va voler llegir.  I, per l’altra banda, és la història d’A. J. A. Symons, un escriptor amb vocació de dandy que, a començaments dels anys 30 del segle XX, va dedicar-se a perseguir l’ombra del vell baró a través de la gent que el va conéixer en vida i va viure així un seguit d’aventures en res indignes de la matèria del seu estudi.» El resultat d’aquest experiment és un llibre que es llegeix com una biografia, que es rellegeix com una novel·la i que es torna a llegir, finalment, com el que de veritat és: un llibre únic, originalíssim, fora de gènere (o dintre d’un gènere, la quest literària, que ell mateix va crear) i tan addictiu que fins i tot resulta perillós llegir-lo al metro. Us ho dic per experiència.      

«L’inefable Frederick Rolfe», deiem també en aquella vella entrada nostra, «va ser un d’aquests personatges estrafolaris que neixen de tant en tant a la nostra estimada Anglaterra, i que passen pel món com si fossin els protagonistes d’una sèrie tragicòmica de la BBC. La seva vida va ser tan estranya, tan absurda, tan carent de tota versemblança, que cap escriptor amb un mínim de talent hauria gosat mai d’inventar-la. Afortunadament, però, ni la vida ni els anglesos es preocupen gaire per la versemblança, i així el senyor Frederick Rolfe, àlias Barón Corvo, va viure la seva vida plena de desastres perquè després un altre anglès ben raret, A. J. A. Symons, ens la expliqués amb tot detall en aquest llibre inoblidable.» Doncs això. Quan aixequeu el cap de la darrera pàgina del llibre i us trobeu en una estació de metro que no coneixeu, us garanteixo que tindreu dos nous amics literaris per a tota la vida. L’un, el fals baró Corvo, més aviat sinistre i no gaire recomanable; l’altre, el distret bon vivant A. J. A. Symons, tan simpàtic i entranyable que també vosaltres el voldrieu tenir com a germà.

*

[P. S. festiu i entre parèntesis. Aquesta setmana fa quatre anys exactes que a la Biblioteca Ca n'Altimira vam decidir que voliem tenir un bloc. Un bloc que parlés de llibres i de literatura. (De fet, vam decidir que voliem tenir cinc blocs: un de general, un altre sobre literatura infantil, un altre de cinema, un altre més de gent petita i aquest de llibres. A Cerdanyola som així de xulos.) Al març del 2007, d'això de fer un bloc sobre llibres en teniem ben poca idea. I no és que ara en sapiguem gaire més; però, si més no, hem perdut força la vergonya. Per celebrar-ho, portem tota la setmana provant de compartir amb vosaltres una recomanació que estem postergant des d'aquell moment inicial: La broma infinita de David Foster Wallace, el llibre essencial d'un dels escriptors fetitxe d'aquest bloc. Però al final ens ho hem repensat. Ens ho hem repensat, per una banda, perquè això de la postergació indefinida sona a cosa molt literària, com a història de Kafka o d'en Melville; i per l'altra, perquè posar fi ara a quatre anys de promeses incomplides podria semblar un signe de debilitat, o si més no d'inconstància. I de tota manera, això de mirar-nos com el nostre amic A. J. A. Symons contempla amb cara de felicitat la seva copeta de vi tampoc no sembla una mala forma de celebrar aquest quart aniversari.]

[P. S. festiu i entre parèntesis 2. Sí, el canvi d'aparença també és cosa de l'aniversari.]

Follow

Get every new post delivered to your Inbox.