L’entrada d’avui divendres, ja us ho dic ara, consisteix bàsicament en un ràpid cortaypega de tema musical i rerafons una mica fanàtic que, mirant-lo de forma objectiva, potser no pinta gaire cosa en un bloc de llibres com aquest. Però és que jo porto ja dos anys i mig volent penjar aquí un vídeo de la meva cançó preferida de tots els temps, i ara el meu amic Nick Hornby m’ha donat una excusa que no puc (ni vull) desaprofitar. Així doncs, aquí teniu: uns quants fragments del segon capítol de 31 canciones, el llibre més musical del nostre novel·lista del nord de Londres favorit, intercalats més o menys a l’atzar entre cinc (cinc!) vídeos del Youtube amb cinc versions ben diverses de Thunder Road, la cançó de Bruce Springsteen que Hornby, massa prudent, confessa haver escoltat només unes 1500 vegades a la seva vida.
En el cas (no gaire probable) de que vosaltres sigueu uns marcianets tot just arribats a la Terra en missió exploratòria i mai no hagueu sentit Thunder Road, el primer vídeo és el què més us convé: la E Street Band fent la seva feina a ple rendiment, Springteen amb els 30 tot just acabats de complir i aquell saxo final de Clarence Clemons que et porta directament a Asbury Park. Si vosaltres no sou marcianets però el senyor Springsteen us sembla només un tipus cridaner amb un bon directe d’estadi, us recomano el segon vídeo, amb el piano de Roy Bittan com a únic acompanyament, i sobretot el tercer: un duet acústic fabulós amb la fabulosa Melissa Etheridge. I si vosaltres sou marcianets i fans de Robert Mitchum, sisplau, no us perdeu el quart vídeo.
Recuerdo estar escuchando esta canción en 1975 y que me encantaba; recuerdo estar escuchando esta canción y que me encantaba casi lo mismo hace muy poco, hace unos pocos meses. (Y sí, estaba en un coche, aunque probablemente no iba conduciendo y seguro que no conducía por ninguna autopista de peaje ni carretera ni autovía y el viento no me alborotaba el cabello porque no tengo ni un descapotable ni cabellos. No es esa versión de Springsteen.) Así que llevo ya un cuarto de siglo adorando esta canción, y la he oído más que ninguna otra, con la posible excepción de… ¿A quién quiero engañar? No hay otras aspirantes.
Pero algunas veces, muy de cuando en cuando, canciones, libros, películas y fotografías expresan a la perfección lo que tú eres. Y no lo hacen necesariamente con palabras o imágenes: la conexión es mucho menos directa y más complicada que eso. Cuando estaba empezando a escribir en serio, leí «Reunión en el Restaurante Nostalgia» de Anne Tyler y de golpe supe qué era yo y qué quería ser, para lo bueno y para lo malo. Es un proceso parecido al de enamorarse. No eliges necesariamente a la persona mejor, ni a la más sensata, ni a la más guapa; persigues otra cosa. Había una parte de mí que más bien se hubiera enganchado de Updike, o Kerouac, o DeLillo, de alguien masculino, por lo menos, o tal vez de alguien un poco más opaco, y desde luego alguien que utiliza más tacos, y aunque todos ésos son escritores a los que he admirado en diferentes etapas de mi vida, la admiración es una cosa muy distinta de la clase de transferencia a la que me refiero.
Así que, aunque no soy americano, ni ya muy joven, odio los coches y puedo comprender por qué tanta gente encuentra a Springsteen histriónico y grandilocuente (pero no por qué lo encuentran machista o patriotero o tonto: este tipo de juicios ignorantes ha atormentado a Springsteen durante la mayor parte de su carrera, y provienen de unos listos que en realidad son mucho más tontos de lo que él ha sido jamás), «Thunder Road» logra de alguna forma hablar por mí. Esto es, en parte -y quizás para mi bochorno-, porque un montón de canciones de Springsteen de ese período hablan de hacerse famoso, o por lo menos de alcanzar cierto reconocimiento público por medio del arte: si el último verso de la canción dice: «Me largo de aquí para vencer», ¿qué otra cosa podemos pensar salvo que ha vencido, simplemente gracias a cantar la canción, noche tras noche, ante una cantidad de gente cada vez mayor?
Y, naturalmente -y que nadie diga lo contrario-, si sueñas con llegar a ser escritor, también hay versiones turbias y asquerosas de la fama unidas a esos sueños; «Thunder Road» era mi respuesta a cada carta de rechazo que recibía, a cada duda expresada por amigos o parientes. Vivían en ciudades para perdedores, me decía, y yo, como Bruce, me largaba de allí para vencer.
(…)
Ayudaba mucho que, según pasaba el tiempo y yo no daba ninguna señal de largarme a ningún sitio y desde luego no a la velocidad que insinuaba la canción, «Thunder Road» hacía referencia a la edad, y así se adaptaba a aesa falta de impulso hacia adelante. «Así que tienes miedo y piensas que quizá ya no somos tan jóvenes», cantaba Bruce, y esa frase me ayudaba incluso cuando ya había empezado a dudar si había alguna magia en la noche: seguí pensando que no era ya tan joven durante mucho, mucho tiempo -décadas, en realidad- e incluso hoy prefiero interpretarlo como una nostálgica observación de madurez más que como el miedo agudo que viene con el final de la juventud.
Puede ser que la razón por la que «Thunder Road» se mantiene para mí es que, a pesar de su energía y volumen y coches veloces y cabellos, consigue de algún modo sonar a elegía, y cuando más viejo me hago más puedo escucharla. Y si es cuestión de eso, supongo que también yo creo que la vida es algo trascendental y triste pero que no destruye toda esperanza, y puede que eso me convierta en un depresivo que exagera su papel o puede que en un idiota feliz, pero en cualquier caso «Thunder Road» sabe cómo me siento y quién soy, y eso, en definitiva, es un uno de los consuelos del arte.




Un gran chico va publicar-se originalment l’any 1998. Tres anys abans, Hornby s’havia convertit en un inesperat autor d’èxit amb la història dels problemes sentimentals d’un home de trenta-vuit anys que viu i pensa exactament con un noi de setze. Els llistats que el protagonista de Alta fidelitat va confeccionant mentre deixa passar el temps a la seva botiga de discos són una objectivització memorable d’aquesta mentalitat peterpanesca que comparteixen molts dels personatges masculins del nostre autor. Les seves cinc cançons d’Elvis Costello favorites; les seves cinc ruptures sentimentals més dolorose;, els seus cinc episodis preferits de Cheers: una forma cent per cent adolescent de posar un ordre senzill, subjectiu i immutable dins una realitat que acostuma a no ser mai cap d’aquestes tres coses. És el mateix tipus de mentalitat que a 