Stephen King, William Golding i els nens de veritat

Aprofitant el centenari del naixement de William Golding, que es complirà aquest proper 19 de setembre, l’editorial anglesa Faber & Faber ha reeditat el seu llibre més famós, El senyor de les mosques, amb un pròleg del nostre amic Stephen King. A Cultura impopular, l’interesantíssim bloc de l’editorial Es Pop Ediciones, van penjar fa unes quantes setmanes la traducció al castellà d’una part d’aquest pròleg. M’ha agradat tant, que aquí us la copio:

Crecí en una pequeña comunidad rural al norte de Nueva Inglaterra, donde la mayoría de las carreteras eran de tierra, había más vacas que personas y la escuela era una única habitación calentada por una estufa de leña. Los chicos que se portaban mal no se quedaban castigados en el aula tras las clases: debían salir a cortar maderos para la estufa o rociar con cal los retretes.

Por supuesto no había biblioteca, pero en la desierta casa parroquial a un cuarto de milla de la casa en la que crecimos mi hermano David y yo, había una habitación llena con pilas de libros mohosos, muchos de ellos del grosor de guías telefónicas. Un gran porcentaje de ellos eran libros de aventuras para chicos. David y yo éramos lectores voraces, un hábito que habíamos heredado de nuestra madre, y nos abalanzamos sobre aquel botín como un par de muertos de hambre sobre un plato de pollo.

Con el tiempo —más o menos para cuando John Kennedy fue elegido presidente, creo— acabamos por sentir que algo fallaba. Las historias eran emocionantes, pero algo no terminaba de encajar. En parte puede que fuese porque la mayor parte de ellas estaban ambientadas en los años veinte y treinta, décadas antes de que mi hermano y yo hubiéramos nacido, pero ese no era el motivo principal. Simplemente aquellos libros tenían algo erróneo. Los niños no eran niños.

No había biblioteca, pero a primeros de los sesenta la biblioteca vino a nosotros. Una vez al mes, una pesada furgoneta verde aparcaba frente a nuestra diminuta escuela. Un rótulo de grandes letras doradas anunciaba en uno de sus costados: Libromóvil del Estado de Maine. La conductora-bibliotecaria era una señora fornida a la que le gustaban los niños casi tanto como los libros, y siempre estaba dispuesta a hacer recomendaciones. Un día, después de haberme pasado 20 minutos sacando novelas de las estanterías en la sección reservada para los Jóvenes Lectores y volviéndolos a dejar, me preguntó qué tipo de libro estaba buscando.

Pensé en ello, después hice una pregunta —quizás por accidente, quizás como resultado de una intervención divina— que abrió la puerta del resto de mi vida: «¿Tiene alguna historia que cuente cómo son los niños en realidad?».

Ella se lo pensó un momento, después fue a la sección del Libromóvil señalada Ficción para Adultos y extrajo un delgado volumen en tapa dura. «Prueba esto, Stevie», me dijo. «Y si alguien te pregunta, diles que lo encontraste tú solo. O si no podría meterme en líos».

Imaginad mi sorpresa (conmoción sería una descripción más adecuada) cuando, medio siglo después de aquella visita al Libromóvil aparcado en el polvoriento patio de la escuela metodista, descargué una versión en audio de El señor de las moscas y oí a William Golding articular, en la encantadoramente informal introducción a su brillante lectura, exactamente aquello que me había turbado entonces: «Un día estaba sentado a un lado de la chimenea y mi esposa estaba sentada al otro, cuando de repente le dije: “¿No sería buena idea escribir una historia sobre unos muchachos en una isla, mostrando cómo se comportarían realmente; como muchachos, y no como los pequeños santos que suelen ser habitualmente en los libros para niños?”. Y ella dijo: “¡Qué buena idea! ¡Escríbela tú!”. De modo que eso hice».

Golding unió su punto de vista nada sentimentalizado de la infancia a una historia de aventuras y suspense creciente. Para el muchacho de 12 años que era yo, la idea de vagar libremente por una isla tropical deshabitada, sin supervisión paterna alguna, resultaba en un principio liberadora, casi celestial. Para cuando desaparece el joven con la marca de nacimiento en el rostro (el primero que plantea la posibilidad de que haya una bestia en la isla), mi sensación de liberación había empezado a quedar teñida de desasosiego. Y para cuando llegué al momento en el que el enfermo —y quizás visionario— Simon se enfrenta a la cabeza de cerdo cercenada y cubierta de moscas clavada sobre un palo, ya estaba aterrorizado.

Era, hasta donde me llega la memoria, mi primer libro con manos; manos fuertes que surgían de las páginas para atenazarme la garganta. El primer libro que me dijo: “Esto no es sólo entretenimiento; es vida o muerte”.

El señor de las moscas no se parecía en nada a los libros para chicos de la casa parroquial; de hecho, hizo que todos quedaran obsoletos. En ellos, los Hardy Boys podían ser atados por los villanos, pero uno sabía perfectamente que acabarían por liberarse. Dave Dawson podía verse atacado por un Messerschmitt alemán, pero uno sabía perfectamente que conseguiría escapar.

Sin embargo, cuando sólo me quedaban 70 páginas para terminar El señor de las moscas, comprendí no sólo que algunos de los muchachos podrían morir, sino que varios de ellos iban a hacerlo. Era inevitable. Sólo esperaba que Ralph, con el cual me identificaba de un modo tan apasionado que empecé a experimentar sudores fríos mientras iba pasando las páginas, no fuese uno de ellos. No hacía falta que ningún profesor me explicara que Ralph encarnaba los valores de la civilización y que la asunción de Jack del salvajismo y el sacrificio representaban la facilidad con la cual dichos valores podían ser barridos; resultaba evidente incluso para un niño. Especialmente para un niño que había presenciado (y participado en) muchos actos de agresión escolar.

Para mí, El señor de las moscas siempre ha representado para qué están las novelas; qué las hace indispensables. ¿Deberíamos esperar vernos entretenidos mientras leemos una historia? Por supuesto. Un acto de la imaginación que no entretiene es ciertamente un acto más bien pobre. Pero debería haber algo más. Una novela bien escrita borra los límites entre el escritor y el lector, para que puedan unirse. Cuando eso sucede, la novela pasa a ser parte de tu vida; el menú principal, no el postre. Una buena novela interrumpe la vida del lector, le hace llegar tarde a las citas, saltarse las comidas, olvidarse de pasear al perro. En las mejores novelas, la imaginación del escritor pasa a ser la realidad del lector. Resplandece, incandescente y furiosa. Llevo desarrollando estas ideas durante la mayor parte de mi vida como escritor, y no han faltado quienes me han criticado por ello. La más potente de estas críticas afirma que si la novela se sustenta únicamente en la emoción y la imaginación, no hay lugar para el análisis, y la discusión de la obra pasa a ser irrelevante.

Estoy de acuerdo en que «Me ha encantado» es la peor manera de comenzar un análisis serio de una novela, pero estoy dispuesto a defender que sigue siendo el corazón palpitante de la ficción. «Me ha encantado» es lo que todo lector desea poder decir cuando cierra un libro, ¿o no? ¿Y no es exactamente ese el tipo de experiencia que la mayoría de escritores quieren ofrecer?

Una reacción visceral y emocional ante una novela tampoco tiene por qué excluir un análisis. Yo me acabé la primera mitad de El señor de las moscas en una tarde, con los ojos como platos, el corazón palpitante, incapaz de pensar, sólo de respirar profundamente. Pero llevo reflexionando acerca del libro desde entonces, más de cincuenta años. Mi regla básica como escritor y lector —formulada en gran medida gracias a El señor de las moscas— es: primero siéntelo, piensa en ello más tarde. Analiza todo lo que quieras, pero primero sumérgete en la experiencia.

A lo que sigo regresando una y otra vez es a Golding diciendo: «¿No sería buena idea escribir una historia sobre unos muchachos mostrando cómo se comportarían realmente?». Fue una buena idea. Una muy buena idea que produjo una muy buena novela, todavía hoy igual de emocionante, relevante y provocadora que cuando Golding la publicó en 1954.

Unes quantes recomanacions (II)

Stephen King, La cúpula. Barcelona: Plaza & Janés.

Com que tots els que us passeu de tant en tant per aquest bloc sou gent instruida, de bon gust i amb una educació cinèfila de primer ordre, dono per suposat que ja haureu vist (i més d’un cop, segurament) la pel·lícula dels Simpsons. Segur que en recordeu l’argument: tot començava amb els problemes de contaminació del poble d’Springfield, que arribaven a tal punt que el president McBain es veia obligat a prendre una decisió: tancar Springfield sota una campana de vidre que l’aïllès de la resta del país. Sort d’en Homer, que al final de la peli treia el superheroï rodonet que porta dins i se les arreglava per trencar la campana, alliberar el seu poble de l’opressió governamental i, de pas, tornar a guanyar-se l’amor i el respecte del seu fill primogènit.     

Us explico això (que ja sabeu) perquè la nova novel·la d’Stephen King es diu La cúpula, i el seu argument sembla extret directament del quadern de notes de Matt Groening. Aquí el lloc es diu Chester’s Mill, però el cop d’efecte que posa en marxa la història és el mateix: una campana de vidre que cau a sobre del poble i aïlla els seus habitants de la resta del món. 1136 pàgines i 25 anys d’escriptura intermitent li ha costat al senyor King explicar aquesta història, que, segons diuen els seus fans, podría ser la millor que ha escrit en les dues darreres dècades.  

*  *  *

Javier Calvo, Corona de flores. Barcelona: Mondadori.

La darrera novel·la de Javier Calvo té tota la pinta de ser un d’aquests llibres que t’agafen pel coll a la primera pàgina i no et deixen anar fins que no arribes al final. Imagineu-vos una novel·la de crims i misteri ambientada a la Barcelona del segle XIX; una història victoriana d’horror amb assassins en sèrie molt dolents, amb policies baixets i paranòics, amb governadors que es diuen de cognom Estrany i amb forenses fotofòbics i agorafòbics que amaguen un passat de bogeria i homicidi. Segons podem llegir a la pàgina web del seu autor, Corona de Flores és

una novela de crímenes, un policial gótico que rinde homenaje a los padres victorianos del género: Arthur Conan Doyle, Arthur Machen y el Charles Dickens de Casa desolada. Hermano de sangre de los clásicos del gótico contemporáneo: desde Flannery O’Connor hasta Donna Tart y Cormac McCarthy. También late en sus páginas la huella de Narcís Oller (el Balzac de Barcelona) y de los dos escritores barceloneses más mágicos y oscuros de todos los tiempos: Juan Eduardo Cirlot y Joan Perucho. En última instancia, la protagonista absoluta de Corona de flores es Barcelona. Un libro sobre la construcción de la ciudad moderna y las fuerzas morales, científicas y mágicas que están en lucha en la misma. El amanecer de la modernidad como cuento macabro. La Barcelona de la fiebre del oro como telón de fondo de un relato de horror esotérico y alucinante.

Oi que promet?

*  *  *

Julià de Jòdar, La pastoral catalana. Barcelona: Proa.

«Una parella catalana de supervivents de la generació del 68 es trasllada a Miami per mirar de salvar una vella amiga d’un perill que els sembla imminent. A partir d’aquest viatge i de les investigacions al voltant d’un misteriós agent de la CIA, Julià de Jòdar fa una radiografia d’un món en crisi, d’una societat catalana petulant i covarda i d’una generació que volia canviar el món i no va gosar fer-ho. La novel·la estableix un joc de miralls entre dues dones generoses, dues parelles carregades de secrets i dues societats que s’encaren al món d’una manera ben diferent.» Això ho diu la contraportada del llibre, que va guanyar la darrera edició del Premi Carlemany. Però si encara dubteu, aquí teniu una carta de recomanació immillorable, signada pels nostres amics de De casa al club.

*  *  *

Pola Oloixarac, Las teorías salvajes. Barcelona: Alpha Decay.

Diu Mario Bellatín que Las teorías salvajes és com una comèdia de Katherine Hepburn, però sense Cary Grant. No estic gaire segur de què vol dir això, però el cas és que aquest llibre, pel que diuen els entesos, és una de  les novel·les escrites en espanyol més provocatives dels darreres temps. Una novel·la exigent, complexa i experimental: una novel·la d’idees amb teoria incorporada. Tothom coincideix en la seva originalitat, i en els riscos formals (però també intel·lectuals) que ha assumit en escriure-la la seva autora, una argentina nascuda l’any 1977.  

Un pez llamado Yorick y una gatita llamada Montaigne. Una joven estudiante de filosofía que acorrala a su viejo profesor por los pasillos de la facultad. Dos adolescentes que encuentran en su respectiva deformidad física y moral un buen motivo para unirse. Una joven militante de izquierdas que escribe cartas a Mao. Una teoría psicológica que lo explica todo. La facultad de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires como punto de encaje desde el que se asoma el mundo. El mundo como una enmarañada madeja de teorías imposibles, iluminadas e inaprensibles: teorías salvajes, para quienes, como todos nosotros, se encuentran pedaleando en el infinito vacío 2.0.

Amb Cary Grant o sense, estic força segur de que jo acabaré llegint aquest llibre.

Els misteris del punt d’intercanvi

L’objectiu d’aquesta darrera entrada de la setmana, que té un títol com de novel·la d’en Thomas Brenzina, és mirar de descobrir si els misteris que envolten el nostre punt d’intercanvi són una particularitat de la Biblioteca Ca n’Altimira o si responen, potser, a un fenomen de caire molt més general. Vull pensar que és això últim, i que a d’altres biblioteques catalanes hi suceeixen uns fenomens més o menys semblants; a veure si entre tots plegats aconseguim d’esbrinar-ho.

*  *  *

Tot va començar fa cosa d’uns tres anys, quan a Cerdanyola vam inaugurar el punt d’intercanvi. Al principi, aquest punt era una gran cistella d’aspecte més aviat cassolà que teniem posada al vestíbul d’entrada de la sala de novel·la i audiovisuals. La gent hi deixava els seus llibres vells, aquells que ja no volien i que a la Biblioteca tampoc no podiem aprofitar, i s’emportaven els llibres que altres lectors hi havien deixat.

Aquesta era, si més no, la sana teoria.

Ara mateix, el punt d’intercanvi són dues capses de plàstic transparent, amb rodes, on un pot trobar-se des de números del Pronto de l’any 97, quan la boda de la Cristina amb l’Iñaki, fins a col·leccions senceres de cassettes del Manolo Escobar, passant per guies tributàries dels temps d’abans de l’IVA o per cintes de vídeo descapsades amb enganxines on posa, escrit amb boli, «Nissaga de poder».  

També hi ha llibres, però, al punt d’intercanvi de llibres. I aquí és on comencen els misteris.

Jo, com podeu comprendre, no puc passar per davant del punt d’intercanvi sense fer una ullada als llibres que puguin haver-hi anat a parar. I, si no sempre, quasi sempre em trobo amb alguna sorpresa… ja sigui una sorpresa divertida, una de curiosa o, d’ençà l’estiu, una de directament aterridora.  

Els llibres en alemany, per exemple. Al nostre punt d’intercanvi SEMPRE n’hi ha, al menys, un llibre en alemany. I mai no és el mateix. Això vol dir que no només tenim algun lector o lectora alemany (o suís, o austríaca, o vallesana amb coneixements d’alemany) que va deixant els seus llibres ja llegits a les capses amb rodes: vol dir que tenim també al menys un altre usuari o usuaria alemany o suíssa o etcètera que ve i se’ls emporta. Som o no som una biblioteca amb classe?   

I si mai no ens falta un llibre en alemany a la capsa, tampoc no ens falta gairebé mai un Poldark. És el clàssic entre els clàssics del nostre punt d’intercanvi. Us heu preguntat alguna vegada quants Poldarks hi deu haver escampats per les llars d’aquest petit país nostre? Jo sí: a jutjar pel nostre punt d’intercanvi, diria que són uns sis millions i mig. (De Yo, Claudios, en canvi, n’hi ha d’haver uns quants menys. No crec que passin de sis millions.) I el cas és que sempre apareix algú que agafa el Poldark o el Yo, Claudio, fa una ullada a l’escut de la Caixa d’Estalvis i Pensions de la contraportada i se’ls acaba enduent.

Una altra presència massa freqüent són els llibres d’estranyologia dels anys setanta. Aquells llibres amb les tapes plenes de coloraines que ens anunciaven l’arribada immediata dels extraterrestres, ens ajudaven a desenvolupar els nostres poders telepàtics i/o telequinèsics, ens descobrien la localització exacta de l’Atlàntida i ens espantaven amb l’anunci de la fi del món no més enllà de l’any 1999. Molts els publicava Plaza & Janés en dues col·leccions que es deien “Otros mundos” i “Realismo fantástico”: llibres de venedors de misteris entranyables com Erich Von Daniken, Peter Kolosimo, Jacques Bergier o (ai) J. J. Benítez.

*  *  *

product-285032L’origen d’aquesta entrada que ara teniu potser la paciència d’estar llegint es troba justament en una experiència meva amb dos llibres de J. J. Benítez. Un dels llibres se l’estava emportant en préstec una usuaria nostra, i era una de les moltes parts de la saga Caballo de Troya; ara no recordo quina. (La 44? Potser la 73? Aquella que ens desvela les relacions entre el cosí nebot de Jesús i la cunyada del nét de Maria Magdalena?) Doncs bé: tot va ser veure aquest Caballo de Troya i vindre’m al cap un altre llibre del senyor Benítez, Existió otra humanidad, que voltava per casa dels meus pares i que jo havia mig llegit quan era un nen indefens i sense criteri. Aquell llibre anava sobre les famoses pedres d’Ica, un dels fraus més divertits de la rarologia moderna; podeu llegir-ne alguna cosa coherent aquí si us interessa. El que va passar tot seguit, ja us ho podeu imaginar: quan vaig tornar a passar per davant del punt d’intercanvi, tot just tres minuts després i encara amb el record del llibre de les pedres al cap, allà el tenia esperant-me: Existió otra humanidad, de J. J. Benítez, tot tacat i pleníssim de pols però en la mateixa edició de butxaca de Plaza & Janés (no la de la foto) que jo havia mig llegit quan era nen.

D’això, l’Íker Jiménez en diu serendípia.

Misterio%20Salem-PortadaUns dies després, em va passar el mateix amb un llibre del meu estimat Stephen King, un bon home de Maine que, a la seva manera, fa gairebé tanta por com els senyors Benítez, Jiménez i companyia. Aquella tarda, jo li havia recomanat El misterio de Salem’s Lot a una usuària addicta a les novel·les de terror, i m’havia posat a pensar en l’edició vermella de butxaca d’aquell llibre que m’havia empassat en dues tardes d’agost d’ara fa un munt d’anys. I un parell d’hores més tard, aquell llibre vermell de la meva adol·lescència (el de la foto, aquest sí) havia aparegut al damunt de tot de la capsa d’intercanvi.

I avui ha tornat a passar una cosa semblant, però més enrevesada. Resulta que estic llegint La versión de Barney, una novel·la molt interessant d’un escriptor canadenc que es diu Mordecai Richler. El narrador de la història, el tal Barney, és un home ja gran i amb moltes pèrdues de memòria que prova d’explicar-nos la seva vida, justificant l’injustificable. Al llarg de tot el llibre, mentre parla i parla sense parar, Barney prova d’enrecordar-se del nom de l’autor o autora d’un llibre molt famós als anys 50 i 60, però ara (penso) bastant oblidat: El hombre del traje gris. No deixa d’aventurar noms d’escriptors, des de Mary McCarthy fins a Robert Bloch. Jo, com en Barney, no tenia ni idea de qui havia escrit El hombre del traje gris, i avui, segons venia llegint el llibre al tren, havia decidit de buscar la informació en arribar a la biblioteca. No cal que us digui quin llibre m’he trobat llavors a sobre de tot de la pila de llibres del punt d’intercanvi… Per a la vostra informació: El hombre del traje gris el va escriure un tal Sloan Wilson.

*  *  *  

Ho veieu? Compreneu ara la meva inquietut? D’un temps ençà, el nostre punt d’intercanvi ha començat a llegir-me el pensament!

Companys bibliotecaris: a vosaltres us està passant alguna cosa semblant amb els vostres punts d’intercanvi? Amics lectors: alguna vegada una capsa de plàstic plena de llibres us ha llegit el pensament?

Què en pensaria l’Íker Jiménez, de tot plegat? 

Lectures d’estiu: «El misterio de Salem’s Lot»

salmes.previewStephen King, El misterio de Salem’s Lot. Barcelona: Debolsillo.

Quan el responsable d’aquest Espai de llibres era un adolescent amb la cara plena de grans i el cabell abundant, tenia dues aspiracions a la vida: convertir-se en un jugador de bàsquet professional, preferiblement a les files del Club Joventut de Badalona, i marxar a viure a Castle Rock, Maine, i guanyar-se la vida escrivint novel·les de terror. Vistes ara, ja ho sé, aquestes dues aspiracions semblen un pèl massa agosarades i no gaire compatibles entre si; però què hi farem… El cas és que el primer somni, el del bàsquet, es va frustrar ben aviat, quan vaig comprendre que mai no creixeria els vint centímetres que em feien falta per convertir-me en un pivot de garanties per a la Penya. I el segon es va frustar més aviat encara, quan vaig descobrir que Castle Rock, Maine, és un poble que mai no ha existit.

La culpa d’aquesta segona frustració, si més no, la tenia el meu oncle Steve.

Va, confesseu: quants llibres de Stephen King heu llegit a la vostra vida? I no em digueu que cap, perquè no us creuré. Tothom, en un moment o altre de la seva vida, ha llegit Stephen King: és un fet comprobat. Entre els catorze i els setze anys, per exemple, jo el vaig llegir amb tant d’entusiasme que vaig acabar devorant tots els llibres seus publicats fins aleshores; i estem parlant de Stephen King, un home que escriu i publica el seus llibres amb la mateixa facilitat que la resta dels mortals escrivim i publiquem les nostres entrades de bloc. Però el cas és que no me’n penedeixo d’aquesta sobredosi. I no només perquè d’alguna forma s’ha d’iniciar un en la literatura, sinó perquè, de fet, Stephen King és un senyor que escriu novel·les com a xurros i que les ven com a rosquilles, sí, però també és un escriptor molt millor del que sovint estem disposats a reconéixer-li.

Cal dir-ho ben fort i quantes vegades faci falta: Stephen King no és un escriptor de best-sellers a l’ús. O, al menys, no ho era durant els primers anys de la seva carrera, quan en menys d’una dècada va escriure tot un seguit d’històries fosquíssimes i memorables (Carrie, El resplandor, Misery, La zona muerta) que proposen un retrat angoixat i molt pessimista dels Estats Units de finals dels anys 70 i principis del 80; un retrat de la cara fosca del somni americà que, a la seva manera, no té res a envejar als proposats per altres contemporanis seus considerats com a escriptors «més seriosos».

Stephen King no és un estilista: la prosa dels seus llibres és estrictament funcional, igual que les seves estructures. Tampoc és un pensador gaire original, ni un bon constructor de personatges. Però, en canvi, sí té una raríssima virtut: és capaç d’imaginar, transmetre i fer viure imatges amb una càrrega simbòlica molt forta. Imatges com la de l’adol·lescent desplaçada i abusada per tots que es cobra la seva venjança en una orgia final de sang i destrucció, a Carrie; o com la de l’escriptor alcoholic i fracassat a qui la pèrdua del do de l’escriptura converteix en parricida, a El resplandor; o com la de la dona aïllada per la seva pròpia bogeria que, a Misery, acull a casa seva al seu escriptor favorit i estableix amb ell l’única relació de la qual ja és capaç: una relació de poder físic, control mental i arbitrarietat suprema.

Que l’estil d’aquests llibres no superi l’examen d’un lector acostumat a millors plats no ha de fer que ens neguem a veure la seva força i (sí) el seu valor literari. Des de 1973 i fins a meitat del anys 80, Stephen King va crear tota una mitologia de les petites ciutats del nord-est dels Estats Units, aquesta Nova Anglaterra d’on també són originaris altres genis del terror com Edgar Allan Poe o el sinistre H. P. Lovecraft. Salem’s Lot, Derry o la pròpia Castle Rock, la ciutat en la qual jo mai no viuré dedicat a escriure novel·les de terror, són perfectes microcosmos del nostre món actual: un món que, com les novel·les de Stephen King, fa molta por.

La recomanació d’avui pròpiament dita, El misterio de Salem’s Lot, és un bon exemple de tot això: la història d’un poble assolat per una plaga de vampirs on un escriptor amb massa passat i un nen sense gaire futur proven de sobreviure conservant intacta la seva humanitat. Massa fantàstic, oi? Doncs ara obriu qualsevol diari i comenceu a buscar paral·lelismes. Ja veureu com no us caldrà esforçar-vos gaire…  

Stephen-King-2max

La Policia de Biblioteques

El fascinant i aterridor món de les biblioteques públiques, segons Stephen King:

“La mañana en que se inició esta historia, yo estaba sentado a la mesa desayunando con mi hijo Owen. (…) Owen se apartó de la sección de deportes lo suficiente como para preguntarme si ese día iría al centro. Necesitaba un libro para un trabajo escolar y quería que yo lo recogiera. No recuerdo cuál era (…), pero era uno de esos libros que nunca se consiguen en las librerías, bien porque acaban de agotarse, bien porque están a punto de reeditarse, o una cosa por el estilo. (…) Le sugerí a Owen que lo buscara en la Biblioteca local, que es muy buena. Estaba seguro de que lo tendrían. Murmuró algo. Sólo capté dos palabras, pero dados mis intereses fueron más que suficientes para despertar mi curiosidad. Las palabras eran “policía de la biblioteca“.

(…) Al final me dijo que no le gustaba ir a la Biblioteca a causa de la Policía de Bibliotecas. Se apresuró a añadir que sabía que no existía tal cosa, pero que era una de esas historias que se metían en el inconsciente y se quedaban allí, latentes. La había oído de labios de su tía Stephanie cuando tenía siete u ocho años y era mucho más crédulo, y le inquietaba desde entonces.

Naturalmente, yo estaba encantado, porque cuando era niño también había tenido miedo a la Policía de Bibliotecas, ese cuerpo de agentes sin cara que irían a tu casa si no devolvías los libros cuyo plazo había vencido. Eso ya era bastante malo por sí solo, pero ¿qué sucedería si no encontrabas los libros en cuestión cuando aparecían aquellos extraños representantes de la ley? ¿Qué te harían? ¿Qué se llevarían para compensar los libros perdidos?

(…) Al comenzar sabía que cuando era niño me gustaba la Biblioteca. ¿Por qué no? Era el único lugar donde un chico relativamente pobre podía conseguir todos los libros que deseaba. Sin embargo, al continuar escribiendo descubrí una verdad más profunda: también me daba miedo. Temía perderme entre las estanterías oscuras, temía ser olvidado en un rincón oscuro de la sala de lectura y quedarme encerrado toda la noche, temía a la vieja bibliotecaria de pelo azulado, gafas en forma de ojos de gato y boca casi sin labios que te pellizcaba el dorso de la mano con sus dedos pálidos y siseaba “chiist” si olvidabas dónde estabas y empezabas a hablar demasiado alto. Y, efectivamente, temía a la Policía de Bibliotecas.”

[Del Pròleg de Stephen King a la seva novel·la breu El policía de la Biblioteca. A Las cuatro después de medianoche. Barcelona: Orbis.]

Follow

Get every new post delivered to your Inbox.